Llevo años dando clase y hay muchas cosas que ocurren dentro y fuera del aula que merecen ser pensadas, debatidas y, por qué no, cuestionadas. En este espacio comparto mis reflexiones sobre educación, profesorado, alumnado y el sistema educativo actual, a partir de lo que observo y vivo como docente.
Hace ya unos años que tengo la sensación de que a la palabra "frustración" solo se le da un significado negativo en el contexto educativo. Facilitamos las tareas, las consecuencias de no trabajar cada vez son menos, hacemos que el aprobado sea cada vez más fácil de alcanzar y se toman las decisiones sobre las promociones de curso sin que lo académico sea prioritario. Si hay incluso quienes defienden que no hay que corregir con bolígrafo rojo, no vaya a ser que se traumaticen los chicos.
Quizá hace unos años había muchos momentos en los que los profesores se excedían, pero, como pasa siempre, hemos pasado de un extremo a otro en muy poco tiempo. Creo que la frustración controlada también forma parte del aprendizaje y aprender a gestionarla también puede ser muy positivo. No entender algo a la primera, tener que repetir un ejercicio, descubrir que no has estudiado lo suficiente o comprobar que todavía no tienes el nivel necesario para superar una materia son también situaciones muy valiosas para un adolescente.
Tengo conocidos y familiares que son profesores de universidad y me han reconocido en más de una ocasión que notan como los alumnos cada vez llegan a la universidad con menos nivel y que notan como ha ido bajando el nivel de exigencia en los estudios universitarios. Aquí entonces nos encontramos con un dilema importante, qué hacemos ahora: ¿se baja también el nivel de la universidad y aceptamos tener profesionales cada vez menos preparados o mantenemos el nivel de exigencia en la universidad y lo traducimos en más abandono universitario? Imagínate un alumno promedio de la ESO que acostumbra a avanzar de curso sin haber consolidado ciertos aprendizajes, seguramente se encontrará años después, en el Bachillerato o su época universitaria, con contenidos mucho más complejos y con muchas dificultades que debían haber sido solventadas cursos atrás. Quizá estos alumnos descubren en la universidad que no están preparados y esto desencadena frustración y abandono, a los 18 años. Al final, al alumno se le ha ido liberando de cierta responsabilidad de sus actos sobre lo académico durante su época escolar, se le ha ido lanzando el mensaje de que no esforzarse y suspender no es un problema, y cuando llega a la universidad se encuentra con la frustración de no estar preparado para unos estudios universitarios.
No se trata de frustrar por frustrar en la Educación Primaria y Secundaria, ni de confundir exigencia con castigo. Se trata de acompañar a los alumnos para que aprendan a afrontar las dificultades, asumir las consecuencias de sus decisiones y que descubran que el esfuerzo también forma parte de su crecimiento. Protegerles de cualquier frustración no es sinónimo de ayudarles. A veces, educar consiste precisamente en prepararles para afrontar hoy, aquello que tendrán que afrontar mañana.
En 1.º, 2.º y 3.º de ESO cada vez veo más claros los tres perfiles de alumnos que suelen habitar en el aula, al menos lo que yo me suelo encontrar:
- Alumnos que sí que se esfuerzan a diario, quieren hacer las cosas bien y trabajan por las tardes en casa. En este grupo suelo encontrar muchas más chicas que chicos... ellas suelen ser más metódicas, ordenadas y trabajadoras a estas edades.
- Alumnos que atienden y trabajan solo durante el tiempo de clase. En casa o por la tarde no hacen absolutamente nada (bien porque pasan olímpicamente o porque tienen entrenamientos, extraescolares u ocio en general). En este grupo me suelo encontrar más chicos que chicas.
- Alumnos que no hacen absolutamente nada en clase. En casa o por la tarde tampoco hacen nada. Algunos de los que se encuentran en este grupo van reaccionando si le vas pidiendo algo en clase constantemente. Es decir, si estás encima de ellos todo el tiempo.
Llevo 8 años dando clase en un colegio concertado y mi sensación es que los dos últimos grupos de perfiles son cada vez más numerosos. Si yo tuviera que atribuir una causa a esto diría que cada vez menos alumnos perciben suspender como un fracaso o como una consecuencia real de no haber trabajado. Son conscientes de lo difícil que es actualmente no promocionar curso o suspender definitivamente una materia. Quizá, si un alumno sabe que las probabilidades de pasar de curso son muy altas independientemente de su esfuerzo, el incentivo para esforzarse disminuye. Y este sentir se va transmitiendo entre amigos, hermanos, primos, etc.
Me encontré con varios titulares como este: "expulsar a los alumnos por mal comportamiento no funciona como pensábamos. La ciencia propone otra vía". Este debate vuelvía a aparecer en septiembre de 2026 tras una revisión masiva de 20 años de estudios publicada por la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), además de análisis pedagógicos nacionales.
Desgranando noticias que hablaban sobre este asunto me encontré algunas afirmaciones que, como profesor presente en el aula, me gustaría comentar contigo:
1. "Lo que se pensaba. Uno de los grandes pilares que se ha tenido siempre muy presente es la tolerancia cero, haciendo que la expulsión sistemática se haya convertido en la receta por excelencia ante cualquier mala conducta". Bajo mi experiencia, la expulsión del aula es el último recurso ya que antes hay mucha gestión de aula, gestión emocional o apoyo conductual positivo. De hecho, en mi centro los alumnos no pueden estar solos así que no podemos expulsarles de clase sin más. Más de una vez ha sucedido que un alumno te boicotea la clase y la reprimenda te la llevas tú de tu Jefatura o Dirección por haberle sacado al pasillo, en vez del alumno. Cuando un profesor utiliza la expulsión de clase de un alumno es porque ya no tiene más herramientas para él, no creo que sea la primera opción.
2. "La ciencia. La conclusión apuntó a que no encontraron evidencia alguna de que la expulsión de los alumnos mejore la seguridad ni el clima escolar general. Lo que sí detectaron es que los alumnos que eran expulsados con más frecuencia tenían una mayor tasa de abandono escolar y también un peor rendimiento académico". Esto lo venden en estos estudios como una relación causa y efecto, pero... ¿son expulsados y por eso presentan una mayor tasa de abandono o los alumnos que se suelen expulsar de clase son perfiles que que de por sí ya presentan un peor rendimiento? Esta parte de la noticia sí que me preocupa especialmente porque da la sensación de que quiere establecer esa causalidad entre ser expulsado de clase y presentar mayor tasa de abandono. Te digo una cosa, generalmente a los alumnos que se expulsa del aula son los más disruptivos y, por tanto, los que no suelen querer entrar en la dinámica del aula y estos son los que tienen peor rendimiento académico por regla general, independientemente de si se les expulsa del aula puntualmente o no. Yo en el aula veo una clara relación entre ser alumno de muy bajo rendimiento y ser más probable que te expulsen de clase, nunca al revés.
Y cómo reflexión propia: "¿y qué pasa con los otros 28 alumnos del aula que sí que quieren aprender y les interesa la asignatura? ¿Quién protege el derecho a ser educados de estos?"... porque a mí me ha pasado más de una vez, tener algún alumno que solo se dedicaba a boicotear las clases, no poder echarle del aula y no poder dar clase sesión tras sesión. En fin, hay mucho que avanzar en este aspecto porque tengo la constante sensación de que centramos todos los esfuerzos y recursos en los que no quieren en detrimento de los que sí.
Los resultados de 2026 de la prueba PISA vuelven a situar a España por debajo de la media de la OCDE en Matemáticas, Lectura y Ciencias. Tras esto, buscamos culpables y uno de los señalados es el uso abusivo de las pantallas, sin embargo, yo no creo que esto tenga demasiado peso en este descalabro. De hecho, hay un dato que me parece interesante y es que en numerosos centros ya se ha eliminado el uso de los dispositivos en el aula, ¿toda la culpa va a ser del uso abusivo de las pantallas? A menudo veo niños de dos años en el momento de la comida con una tablet delante para que puedan comer tranquilamente. No seré yo quien juzgue esto, pero siempre pienso lo mismo: ¿dentro de diez años pretenderé que ese niño permanezca atento mientras le hablo de polinomios o ecuaciones? Si no le interesa, me hará "scroll".
Los profesores, llevamos años denunciando diversos factores que pueden influir más en este fracaso educativo que el abuso de las nuevas tecnologías e, incluso, la irrupción de la IA. Factores, como por ejemplo:
- Desde hace unos años que hemos demonizado el esfuerzo y la frustración. Darle a un alumno un examen suspenso es atentar contra su integridad moral. Los deberes parecen ser el mismo diablo. Las tareas de repetición y memoria parece que ya no son necesarias y ahora los exámenes son enemigos del aprendizaje, queda mucho más bonito que superen todas las materias en base a proyectos, entregando tareas y por trabajos cooperativos.
- Una corriente muy extendida de que los alumnos solo deben estudiar lo que les interesa o les motiva. Grave error porque no todo lo que necesitamos aprender nos va a gustar.
- Hoy en día parece que la prioridad es que el alumno sea feliz, y no el conocimiento que adquiere.
- Los profesores tenemos que hacer autocrítica, por supuesto, esto es culpa de todos, pero también necesitamos poder hablar de la pérdida de autoridad en las aulas. Mientras hace unos años los profesores podían impartir clase a grupos de 40 alumnos, hoy en día cuesta decir dos frases seguidas en aulas de 25. Paradójico resulta que los profesores tienen que estar cada vez más preparados y formados para ejercer, sin embargo, los resultados académicos van para abajo.
- A muchos alumnos no les importa suspender. Saben que es muy complicada la repetición de curso y saben que se les acabará pasando la mano. Hoy en día, en cursos bajos de la ESO es muy fácil aprobar, con un mínimo de esfuerzo. El alumno puede suspender siete asignaturas, pero si el equipo docente considera que promociona, promocionará... y en esos momentos se mirará más el desarrollo socioemocional del alumno que el no llegar a unos mínimos en las asignaturas, para defender su promoción.
Podría seguir comentando factores, pero casi que me espero al próximo informe PISA... Camino de una sociedad feliz, pero con escaso conocimiento.
Estudiar en verano no es castigar, es una segunda oportunidad.
Antes de dedicarme a la docencia reglada (colegios o institutos) fui profesor particular, como la gran mayoría de docentes y pasé veranos ayudando a alumnos que habían suspendido Matemáticas. Recuerdo como con esfuerzo, constancia y uno o dos meses de trabajo, la gran mayoría de los alumnos conseguían sacar adelante la asignatura. No era fácil. Requería mucho sacrificio por parte de quien había suspendido. Había que dedicar parte de las vacaciones a estudiar aquello que no se había trabajado lo suficiente durante el curso.
Recuerdo especialmente a un amigo del camping al que iba todos los veranos. Mientras los demás pasábamos la mañana en la piscina, él se solía quedar de 9:00 hasta la hora de comer estudiando Matemáticas, una asignatura que solía atragantársele cada año. Algunas veces incluso me quedaba con él para echarle una mano. Si para mí era duro dar clase con casi 40 grados y las piscinas llenas, no quiero imaginar lo difícil que era para los alumnos que debían estudiar mientras escuchaban tras la ventana "bomba va".
Siempre escuché afirmaciones del tipo: "es que en verano los niños tienen que jugar y descansar, no estudiar". Sin embargo, yo nunca he visto los exámenes de septiembre como un castigo, sino como una nueva oportunidad. Una oportunidad para quien no pudo o no quiso trabajar lo suficiente entre septiembre y junio, pero estaba dispuesto a hacer un último esfuerzo para evitar repetir curso o arrastrar una materia pendiente al curso siguiente. Hoy esa segunda oportunidad ya no existe, la han eliminado por completo, no es necesaria.
Hace unos años ya que las "recuperaciones" se realizan en junio. Y aquí es donde quiero abrir un melón. No es coherente que un alumno llegue a finales de mayo o principios de junio con la asignatura suspensa tras tres evaluaciones y que, apenas diez días o una semana después, aparezca con la asignatura aprobada. ¿Cómo es esto posible? Todos los docentes conocemos algunas de las respuestas. En muchas ocasiones, se les aprueba por la cara. En otras, se les indica exactamente los ejercicios que van a entrar en la prueba. En otras, se pulsa directamente al botón mágico de “aprobar alumno”... desapareciendo así la posibilidad de que exista un verdadero proceso de aprendizaje ya que prepararte casi todo un curso en dos semanas parece misión imposible, y si ya tiene varias suspensas ni te cuento...
Antes había alumnos que estudiaban cuando otros descansaban y aprobaban porque habían mejorado, se superaban y resultaba ser algo valioso. Lo que ocurre ahora es que se certifica un aprobado sin que exista un aprendizaje real y el problema se emplaza al profesor del curso siguiente. Por eso sigo pensando en que la recuperación en septiembre tenía algo muy valioso porque ofrecía tiempo y abría el camino a una nueva oportunidad. Tiempo para madurar, esforzarse, aprender y demostrarlo... y eso sí era una auténtica segunda oportunidad, no un regalo.
Recuerdo especialmente un día que devolví corregidas las recuperaciones de la 2.ª evaluación de mis alumnos de 2.º de ESO. De 9 alumnos que tenía suspensos, solo 1 había conseguido recuperarla. No era un examen sorpresa, todo lo contrario, tenían publicado en Classroom exactamente qué iba a entrar, les puse los mismos ejercicios que en los parciales (con los mismos números incluso) y disponían de todo el material para poder sacar el contenido sin problema. Solo con molestarse en haber aprendido lo que ya entró en los parciales hubiera sido suficiente, porque estaba claro que les iba a poner lo mismo otra vez. Sin embargo, me volvieron a suspender 9 de ellos. Esto me lleva a una reflexión incómoda: a veces las recuperaciones no sirven para que el alumno apruebe, sino para evidenciar una vez más la falta de trabajo y las nulas ganas por aprobar. En la mayoría de los casos, no veo una cuestión de dificultad, sino de implicación.
Lo que más me preocupó fue la percepción que tienen ellos de estas situaciones: dos alumnos estaban realmente sorprendidos por haber sacado cerca del 3, a pesar de cometer errores muy básicos, errores de uno o dos cursos atrás. Uno de ellos incluso me comentó que había dicho a su madre, tras hacer el examen, que le había salido “muy bien, que iba a sacar un 10”. Y aquí hay un problema de fondo, que suelo encontrar en los alumnos, que es el confundir “hacer mucho” con “hacer bien”. Se puede escribir mucho en un examen y, aun así, no haber entendido nada esencial. Recuerdo que les conté a aquellos dos queridos alumnos que yo puedo meter muchos puntos en el baloncesto con un pie, pero que no servirán de nada, porque las reglas son las reglas, y por mucho que pueda encestar, con el pie no vale y esos puntos no contarán... que lo mismo pasaba en sus exámenes, que por mucho escribir si no conocen las reglas más básicas de la geometría o el álgebra no contará demasiado lo que escriban.
Quizá uno de los mayores retos educativos que tenemos hoy no es solo enseñar contenidos, sino ayudar a desarrollar criterio y conseguir algo de implicación en el alumnado, porque, sin esto, volver a examinarles para que vuelvan a poner de manifiesto lo poco que saben y lo poco que les importa aprobar, quizá no sea una buena opción.
Generalmente, las últimas semanas de clase se me hacen eternas, principalmente en grupos de 1.º y 2.º de ESO. Entre el calor, la sensación de curso terminado y el cansancio acumulado, resulta muy complicado mantener la atención del alumnado, es prácticamente imposible decir dos frases seguidas sin que tengas interrupciones constantes. No hablo de alumnos con necesidades específicas de apoyo o dificultades reales para autorregular su conducta, me refiero a alumnos que simplemente consideran más interesante mantener conversaciones paralelas, comentar sus planes para el fin de semana o hablar del próximo Mundial de fútbol mientras el profesor intenta dar su clase.
A menudo me encuentro con los que plantean que todo se solucionaría con clases más motivadoras. Sin duda, la motivación es importante, todos los docentes intentamos preparar sesiones atractivas, pero existe una condición previa imprescindible para cualquier aprendizaje: "respetar y escuchar". Durante los días de junio, por ejemplo, solía desarrollar en 1° ESO un proyecto de Matemáticas donde utilizan dados y monedas y, aun así, es imposible que dejen dar las indicaciones con relativa normalidad, por muy motivador que pueda resultar el proyecto para ellos.
Cuando yo era estudiante también había alumnos disruptivos. La diferencia es que eran una minoría muy reducida y, además, existían mecanismos claros para proteger el derecho a aprender del resto y el derecho del profesor a ejercer su trabajo. Hoy en día, sigue habiendo alumnos que no se pueden controlar, pero la gran mayoría no lo hacen porque no quieren. Parece que hemos invertido los papeles, se exige al docente una enorme capacidad para adaptarse, innovar, motivar y gestionar conflictos, pero cada vez resulta más difícil exigir al alumnado algo tan básico como respetar los turnos de palabra y las normas de convivencia. Antes eran prácticamente los 40 alumnos los que respetaban al profesor y ahora parece que es el profesor el que debe rendir pleitesía a los 30 alumnos.
No se trata de volver al autoritarismo ni de ignorar las necesidades individuales de quienes presentan dificultades reales, pero tampoco deberíamos confundir la falta de educación o de respeto con cualquier otra cosa. Porque cuando todo se justifica, al final nadie asume responsabilidades y el profesor queda completamente desprotegido y se menosprecia su trabajo. Si queremos seguir teniendo profesionales dispuestos a dedicar su vida a enseñar, necesitamos recuperar algo tan esencial como el respeto por el trabajo docente y unas condiciones mínimas que permitan, al menos, dar clase. Porque enseñar no debería consistir en competir constantemente por la atención del alumnado a cualquier precio, debería consistir en formar y educar.
Recuerdo especialmente un examen que tuve en uno de mis grupos de 2.º ESO, donde tan solo tenía 11 alumnos, porque era un grupo de desdoble. Empiezó la prueba y comenzó el espectáculo:
- “Javi, ¿me dejas una regla?”.
- “Javi, no tengo boli, ¿me prestas uno?”.
- “Javi, se me acaba de gastar el boli… ¿tienes uno para prestarme?”.
Antes de empezar, siempre leo y comento el examen en voz alta para todos. Incluso les pido que no escriban durante este momento para asegurarme de que me están escuchando. Les digo: “tenéis dos minutos para preguntarme cualquier duda antes de comenzar”. Recuerdo aquel día un silencio absoluto, ni una sola pregunta. Así que les dije: "se acaba el tiempo de dudas, hacedlo como siempre hacéis los ejercicios, mucha suerte.”
Tres minutos después empiezó el festival:
Alumna 1: “en el ejercicio 2, ¿cuántos valores hay que poner en la tabla?”
Yo: “los que queráis. Lo acabo de explicar.”
Dos minutos después de la pregunta anterior:
Alumna 2: “en el 2… ¿cuántos valores damos?”
Yo: “los que queráis, lo acabo de decir.”
Alumna 3: “¿podemos dibujar las 3 funciones con colores distintos?”.
Yo: “sí, mejor incluso para corregir yo.”
No habían pasado ni 15 segundos de la pregunta de la alumna 3:
Alumna 4: “¿podemos hacer las 3 gráficas con colores distintos?”
Yo: “¿qué diferencia hay entre tu pregunta y la que acaba de hacer tu compañera?”
Alumna 4: “no sé… es que no lo he escuchado.”
Y ahí aparece una realidad que, creo, muchos docentes conocemos bien y es que la gran mayoría de nuestros alumnos no escuchan las aclaraciones generales durante un examen. Solo escuchan su duda y en su momento, aunque te molestes en responder en voz alta para todos varias veces. Reconozco que los exámenes me generan bastante estrés por esto mismo porque responder una y otra vez a cuestiones ya aclaradas, repetir instrucciones, gestionar interrupciones constantes… Tengo compañeros que se pasan la hora completa de mesa en mesa resolviendo dudas. Otros que no responden absolutamente nada durante los exámenes. Y, sinceramente, sigo preguntándome cuál es el equilibrio más sano para el alumnado… y también para la salud mental del docente. Porque limitar dudas me sabe mal por quien realmente necesita preguntar, pero convertir un examen en una atención individual permanente tampoco me parece sostenible ni educativamente positivo.
Tuve un grupo de Atención Educativa de 3º de ESO, los martes a última hora (16:05), que me hizo reflexionar. Un martes, intenté dar clase y fue IMPOSIBLE, no hubo ni un solo segundo de silencio. Y no porque el contenido no fuera interesante, todo lo contrario: hablamos de internet, ciberseguridad, espionaje, por qué un móvil pierde cobertura dentro de un microondas o por qué no te electrocutas en un avión si le cae un rayo. Temas que, en teoría, deberían engancharles. Mandar callar constantemente, parar la clase, volver a intentarlo… incluso tener que sacar a algún alumno al pasillo para hablar con él a solas. ¿De verdad el problema podría ser la motivación? Porque cuando ni siquiera con temas que les interesan son capaces de respetar al profesor que quiere hablar, quizá el problema no va por ahí.
El martes siguiente, la sesión trascurrió de forma similar. La idea era ver la película Snowden, para trabajar la privacidad y la seguridad en internet, pero tampoco se podía empezar: ruido constante, interrupciones, avisos que no sirven para nada... Así que paré la clase y les hablé con sinceridad. Les conté cómo era cuando yo tenía su edad y estudiaba. No desde la nostalgia, sino desde la realidad: el respeto al profesor muchas veces no venía de la empatía, como parece que deba ser ahora, sino algunas veces del propio miedo a las consecuencias de nuestras malas conductas. En casa y en clase. Les he contado alguna situación en la que el profesor lanzaba el borrador al que molestaba y, al estar a lo suyo, le impactaba en la cabeza y encima luego le regañaban también sus padres por estar molestando en clase. No les dije que aquello fuera mejor ni peor, dije que era diferente. Y les comenté que no basta con “no considerarse maleducado”, porque si tus actos son de mala educación, entonces te conviertes automáticamente en maleducado. Me escucharon en silencio. Con caras de sorpresa. Y, por primera vez en mucho tiempo, pudimos dar media hora de clase con normalidad. ¿El problema? que para la siguiente sesión se les olvida.
Ser profesor hoy es, en ocasiones, trabajar con menos herramientas de las que había antes. Y no hablo de autoridad autoritaria, sino de respaldo, de límites claros, de coherencia entre escuela y familia. A veces lo cuento con una metáfora sencilla: ser profesor hoy en día es como intentar hacer unas lentejas sin utensilios ni herramientas disponibles... y, muchas veces, el profesor está completamente solo: mueve las lentejas con las manos.
A veces no sé si soy profesor, educador, psicólogo, trabajador social, personal de seguridad, o, simplemente, mediador de conflictos… y seguro que muchos docentes de Secundaria se sienten igual.
Comparto totalmente la reflexión: cada vez hay más “expertos” en educación que proponen metodologías desde fuera del aula, sin haber vivido el día a día real con alumnos. Se habla mucho de innovación, de dinámicas llamativas y de metodologías vistosas… pero se habla poco de lo que realmente funciona pedagógicamente dentro del aula.
En mi caso, soy profesor de Secundaria y en mi centro trabajamos las Matemáticas también por proyectos (Aprendizaje Basado en Proyectos). Y es ahí donde te das de frente con la realidad: en la mayoría de grupos, uno tira del carro mientras otros simplemente observan... en el mejor de los casos, serán dos los que vayan tirando.
Acabamos de retomar los exámenes globales en Matemáticas en 1º y 2º de ESO. No son la panacea, pero sí una herramienta que, al menos, consigue que el alumnado se esfuerce y estudie un poco. Lo demás, en demasiadas ocasiones, se queda en ruido. Yo lo tengo más que comprobado: la gran mayoría de alumnos solo se esfuerza y trabaja cuando ven próximamente un examen, sí, los tan denostados de la antigua escuela.
La pregunta es inevitable: ¿por qué cada vez tenemos menos margen los docentes para enseñar como creemos que funciona en nuestro contexto? Necesitamos menos eslóganes llamativos y más confianza en quienes estamos cada día dentro del aula: docentes y personal de apoyo (terapeutas, orientadores).
Hace ya unos años decidí dejar de resolver dudas durante el examen. ¿Por qué? Porque, si les dejas, te preguntan absolutamente todo. Lo que hago ahora es distinto: leo los enunciados de forma muy clara y anticipo posibles dudas a nivel general. Después, les doy dos minutos para preguntar lo que necesiten. Pasado ese tiempo, solo atiendo incidencias, no dudas.
Tengo compañeros que se pasan toda la hora yendo mesa por mesa respondiendo preguntas de forma individual. Sinceramente, creo que no es positivo ni para ellos ni para el alumnado (y seguramente yo también lo hacía así al principio).
Si pudieras entrar en un aula durante un examen, te sorprenderías. La gran mayoría de preguntas no son por falta de conocimiento, sino por inseguridad y necesidad de validación constante: “no me acuerdo muy bien… ¿se hacía así?”, “si lo pongo de esta forma, ¿lo entiendes?”, ... Y aquí es donde veo el problema: si resolvemos constantemente esas dudas, creo que estamos anulando su capacidad de tomar decisiones en momentos clave.
Te pongo dos ejemplos reales, con alumnos de edades muy dispares:
- Alumno de 1º ESO. Pone en el enunciado “mis tres amigos y yo vamos al cine…”. Su pregunta: “¿cuántas personas van al cine?” (Solo tuve que releer el enunciado en voz alta hasta que dijo: “Ah, cuatro”).
- Alumno de 2º Bachillerato. Tenía la hora proyectada en grande en la pantalla, como hago en todos los exámenes. Su pregunta: “¿qué hora es?” (Miro a la pantalla, le miro a él y vuelvo a mirar a la pantalla … ya dice él “ah, está ahí”).
No se trata de no ayudar a los alumnos por sistema, sino de hacerlo cuando realmente aporte. Eso sí, ahora me surge otro dilema: ¿qué pasa cuando tienes alumnos en el aula con adaptaciones no significativas que incluyen resolver dudas durante el examen? ¿A unos sí y a otros no? Dicotómico esto de ser profesor hoy en día.
Estaba explicando las identidades notables en una de mis clases de 2 ESO. Iba hablando y escribiendo en la pizarra. Dije, "como podéis ver aquí, el signo que cambia es el de este tercer monomio, no cambia el del segundo monomio como soléis pensar los alumnos y os equivocáis. Repito, no es este signo el que cambia, es este otro"... esto lo decía mientras señalaba los signos en cuestión. Os doy mi palabra de que no habían pasado ni 3 segundos cuando una de las alumnas de clase ha preguntado en voz alta, evidentemente sin levantar la mano como marcan los cánones hoy día: "Javi, has cambiado el signo de ese monomio, ¿no es el signo del otro el que cambia?" Ante esto, me he quedado mirando al infinito sin saber qué contestar y ha sido su propia compañera la que le ha dicho "tía, que lo acaba de decir". He respirado profundamente tres veces y le he vuelto a explicar lo que acababa de contar hacía un minuto, mientras ella no me escuchaba de nuevo.
Ante situaciones como esta nos exponemos los profesores de hoy en día durante cada minuto de nuestro trabajo en el aula. Estamos, durante cada una de las sesiones de clase, soportando cómo nos hacen preguntas repetidas una y otra vez. No es cuestión de que algo no se entienda, es cuestión de que a los profesores no nos escuchan. De verdad que si algún adulto que no sea profesor entrara en el aula del hoy alucinaría con el nivel de pasotismo y de no escuchar al profesor que hay.
En la siguiente clase, en mi otro grupo de 2 ESO, tuve que detener la explicación porque ya había notado cómo estaba hablando para mí solo, que había 27 alumnos hablando entre ellos. En fin. Si queremos seguir dedicándonos a este tan antiguo oficio parece que es algo más con lo que nos tocará lidiar.
Hemos pasado de un extremo a otro en este cambio de siglo. Respecto a la integración de las nuevas tecnologías en el aula hemos ido demasiado deprisa y nos hemos pasado, como casi siempre pasa en el mundo de la educación.
Cuando yo estudiaba: tenía papel y boli, escuchaba al profesor e, incluso, me podía llegar a dormir sobre la mesa por falta de estímulos. Ahora, en este mundo educativo tan moderno que vivimos: los alumnos tienen tablet o pc en el aula a su disposición, no les da tiempo a escuchar al profesor entre vídeos y estímulos y no se pueden aburrir con todo lo que ofrecen sus pantallas.
En mis clases tienen terminantemente prohibido el uso del ordenador de forma individual, salvo que les prepare algún material específico y les autorice para ello. La tecnología es un instrumento muy valioso, pero siempre que se tenga responsabilidad en el uso. La nueva tecnología en el aula siempre la asemejo a un cuchillo en una cocina: si se saben utilizar bien son imprescindibles, pero si no se usan bien son muy peligrosas. Estoy harto de ver cómo los alumnos que trabajan con ordenador en alguna sesión pasan más tiempo distraídos y a otras cosas que haciendo lo que tienen que hacer.
Estoy tremendamente ilusionado por haber visto cómo Finlandia ha eliminado recientemente los ordenadores de las aulas. Ahora, la Comunidad de Madrid también está restringiendo el uso de estas tecnologías en el aula y creo que este es el camino. Hemos pasado de boli y papel a tablet y pc en muy poco tiempo y ha sido un error, debemos buscar un equilibrio porque los perjudicados son los de siempre, los alumnos.
Llevo desde 2007 ayudando con las Matemáticas y la Física a alumnos y llevo desde 2018 haciéndolo en la docencia reglada, como profesor de Secundaria y Bachillerato. En estos años como docente en el aula, he visto cómo hay profesores que priorizan el bienestar emocional y la felicidad de los chicos por encima del propio conocimiento. Es decir, he visto cómo a compañeros de profesión y al propio sistema en sí parece que le es más importante que los alumnos estén contentos con el profesor, no dando problemas el alumno ni la familia, que el hecho de que el alumno domine unos contenidos mínimos en la materia. He visto cómo aprueban alumnos que no superan unos mínimos, cómo se pilla a alumnos copiando en exámenes y no se les suspende, cómo alumnos no hacen absolutamente nada en clase y luego tienen excelentes calificaciones. Parece que el sistema nos quiere empujar a que el alumno se lo pase bien en clase y venga al colegio o instituto a ocupar el tiempo, a pasárselo bien y, quizá con suerte, a aprender algo en última instancia. Algunos trabajos por proyectos carentes de contenido, algunas sesiones de gamificación totalmente descafeinadas o constantes salidas organizadas, actividades o charlas. Está muy bien que el paradigma educativo haya cambiado respecto a hace unas décadas, pero hay que buscar un equilibrio entre ambas cosas. Ni el colegio o instituto debe parecer un campo de concentración como hace unos años, ni tampoco debe ser un centro cívico cultural como parece ahora en ocasiones.
En mi caso, si un alumno no supera unos contenidos mínimos en mi asignatura no debe aprobar. Quizá me tenga que quedar en los recreos ayudándole o buscar algún otro momento para conseguir que sepa resolver, al menos, los ejercicios mínimos exigidos, pero eso de aprobarle simplemente porque me caiga bien o no querer traumarle, eso no va conmigo. Tengo la suerte de no ser un profesor que cae mal a los alumnos, por mi forma de ser y de trabajar en el aula, incluso a los alumnos que suspenden, les acabo cayendo bien también, espero que esto me dure tiempo... Creo que es muy sano y de buen educador que si un alumno no llega a los mínimos se refleje su suspenso, diciéndole así que no ha alcanzado el objetivo. Si se le pasa la mano y se le "aprueba por la cara" se está siendo injusto con el alumno porque le estás engañando y quizá, a esta temprana edad, el alumno no tenga el criterio suficiente como para darse cuenta de que no tiene ni idea en tu materia y puede creer que está aprobado justamente, pensando así que sí la domina. Además, también se estaría siendo injusto con los demás compañeros que sí se han esforzado para alcanzar esa misma calificación. Alguna vez me ha llegado algún alumno que no domina el contenido de un curso o dos atrás y me ha dicho “pues yo el año pasado sacaba sobresaliente en Matemáticas”, mientras que le cuesta en el curso actual llegar al 5 y ahora parece que el "malo" es el profesor actual, no el que le regaló la nota años atrás para que no fuera un alumno frustrado, ¿lo frustro yo ahora entonces?
El sistema empuja a los docentes a "engañar" a los alumnos con las calificaciones: promociones incomprensibles, alumnos que aprueban con un nivel bajísimo, subidas de nota sorpresa en las juntas de evaluación, etc. Es importante recordar que nuestro gremio tiene una gran responsabilidad a la hora de enseñar y diagnosticar. De verdad, no se le hace ningún bien a un adolescente que se le "infla la nota" para que sea más feliz o por su bienestar emocional. Una mentira del hoy quizá sea un trauma del mañana. Sé que una sociedad ignorante es una sociedad feliz, pero personalmente prefiero una sociedad con conocimiento, que resultará finalmente en una sociedad libre. Encontrar el equilibrio entre motivación, entretenimiento y aprendizaje es complicado y es por esto que los profesores que tienen ese don deberían ser tratados como tesoros.
Cuando yo estudiaba, respetaba al profesor, y de esto han pasado ya 20 años. Recuerdo como mis compañeros y yo respetábamos a los profesores y les dejábamos dar la clase, si la liábamos siempre lo hacíamos por detrás para que el profesor nunca nos pillara. Muchas de las sesiones de clase recuerdo que no nos interesaban, pero, al menos, el profesor podía impartir su materia más allá de que le prestáramos más o menos atención. Quizá nos portábamos bien porque nos daba miedo el hecho de que nos pillaran, nos castigaran y llamaran a casa. En mi caso, tenía claro que si llamaban a casa iba a pasar un mal rato.
Hoy en día, el profesor da la clase solo si los alumnos quieren. Es decir, si los alumnos quieren tener un comportamiento adecuado en tu clase lo tendrán, pero si no les apetece... Yo siempre digo que hoy en día se puede dar clase en un aula de Secundaria única y exclusivamente si le entras por el ojo a los alumnos, de lo contrario, te podrán boicotear todas y cada una de tus sesiones, tirando así a la basura todo tu trabajo. Hoy en día no se tienen demasiadas herramientas para controlar a los alumnos disruptores que, precisamente por esta carencia de cerco, son cada vez más y más.
Y tú qué opinas, ¿el respeto al profesor debería ser algo impuesto o algo que "eligen" los alumnos?